Imagen: por cortesía de Raul Del Chano
Esta primavera, los escaparates de Suárez nos llamaron especialmente la atención. Bajo el título El oficio de crear, la firma de joyería invitó a tres artesanos españoles —Raúl del Chano, Belén Salinas de Imakiro y Abenval— a intervenir sus boutiques a partir de tres materiales y tres oficios diferentes: el mimbre, el papel y la cerámica.
El proyecto parte de una idea sencilla: poner en diálogo la joyería con otras disciplinas artesanales que comparten una misma forma de entender la creación. Tiempo, materia, precisión, conocimiento del oficio y trabajo hecho a mano. La propia firma define estas intervenciones como una reivindicación de la creación artesanal como una de las expresiones más auténticas del lujo contemporáneo.
Y nos hizo pensar: ¿se ha convertido la artesanía en el nuevo lujo?
¿Qué entendemos hoy por lujo?
Durante mucho tiempo hemos asociado el lujo a la exclusividad, a los materiales preciosos, al precio o a la pertenencia a determinadas marcas. Nada de eso ha desaparecido. Pero parece haberse añadido otra forma de valor, mucho más relacionada con aquello que no se puede producir deprisa ni reproducir infinitamente.
El tiempo necesario para hacer bien una pieza. El dominio de una técnica. El conocimiento de un material. La singularidad frente a la uniformidad. La posibilidad de saber quién ha hecho un objeto, dónde y cómo.
Curiosamente, son valores que siempre han formado parte de la buena artesanía.
La propia Suárez resulta un buen ejemplo. La joyería no solo ha recurrido a otros artesanos para El oficio de crear; su propio proceso de producción se apoya en el trabajo artesanal. Gabriel Suárez explicaba ya en una entrevista sobre el nuevo lujo que los mismos artesanos de la casa trabajan tanto en sus piezas de alta joyería como en otras colecciones, y resumía su manera de entender la artesanía en una palabra: «mimo».
Cuando las grandes marcas vuelven la mirada hacia el oficio
Suárez no es un caso aislado. Algunas de las grandes casas internacionales de lujo llevan tiempo colocando el saber hacer artesanal en el centro de su identidad.
Hermès se define a sí misma como una casa de «artesanos contemporáneos desde 1837». La artesanía constituye uno de los pilares declarados de su estrategia y la compañía mantiene una escuela propia para transmitir sus oficios y formar a nuevas generaciones de artesanos.
En estos casos la artesanía no aparece como una tendencia añadida posteriormente al producto: forma parte de la propia construcción del lujo.
Pero hay otro fenómeno quizá más interesante. La artesanía está saliendo del objeto para entrar también en los espacios y las experiencias que asociamos al lujo.
Hoteles donde la artesanía construye el lugar
La hotelería ofrece algunos de los ejemplos más claros.
En la renovación de Villa Robert Graves de La Residencia, A Belmond Hotel, en Mallorca, Studio Ashby recurrió a artesanos locales e incorporó lino mallorquín, lámparas de vidrio soplado, cerámica y otras piezas artesanales junto a obras de artistas de la isla. El objetivo del proyecto era precisamente celebrar el arte y la artesanía locales y vincular el interior con Deià y con Mallorca.
La misma filosofía aparece en otros proyectos de Belmond. En Splendido, en Portofino, Martin Brudnizki recurrió a materiales y oficios tradicionales de Liguria, desde piedra de Carrara y Lavagna hasta cerámica de Albissola, con la intención de que el lujo del hotel estuviera ligado al lugar en el que se encuentra.
Rosewood ha convertido esta relación en parte de su concepto A Sense of Place. En Rosewood San Miguel de Allende, por ejemplo, artesanos locales han trabajado elementos arquitectónicos como los arcos de piedra de cantera, la forja y las puertas de madera talladas a mano. La artesanía no funciona allí como decoración añadida: contribuye a construir la identidad del hotel y su relación con el territorio.
Y quizá ahí esté una de las claves.
Lo que la artesanía puede aportar al lujo
Cuando todo puede producirse rápidamente y encontrarse prácticamente en cualquier lugar del mundo, aquello que requiere tiempo, conocimiento y una relación directa con las personas y el territorio adquiere otro valor.
Una pieza hecha por un artesano local puede contar algo de un hotel que un objeto producido industrialmente y elegido de un catálogo difícilmente puede contar. Del mismo modo, una intervención de mimbre, papel o cerámica en un escaparate puede establecer una conversación diferente con una joya.
Pero tampoco deberíamos caer en la simplificación contraria.
No todo lo hecho a mano es lujo y no todo lo artesanal es necesariamente excelente. La artesanía exige conocimiento, técnica, criterio, calidad y, muchas veces, años de aprendizaje. Incorporarla a un espacio o asociarla a una marca tampoco garantiza por sí mismo autenticidad: existe el riesgo de que «artesanal» termine convertido simplemente en otro término de marketing.
Quizá, por tanto, la pregunta no sea si la artesanía es el nuevo lujo.
Puede que lo verdaderamente interesante sea comprobar que una parte importante del mundo del lujo está buscando hoy precisamente algunos de los valores que la artesanía lleva siglos defendiendo: tiempo, oficio, materia, singularidad y saber hacer.
Y eso dice mucho del momento que vive la artesanía contemporánea.
Imagen: por cortesía de Soulmade Paper Designs
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