Imagen: por cortesía de Maria Ulecia Ph. Paula Yubero
Este año Homo Faber 2026 se nos ha escapado. No hemos podido viajar a Venecia, pero durante septiembre hemos seguido desde Impronta algunos de los proyectos, artesanos y conversaciones que han pasado por la bienal. Y ahora que ha terminado, hay varias ideas a las que seguimos dando vueltas. No tanto sobre Homo Faber en sí, sino sobre lo que está ocurriendo alrededor de la artesanía contemporánea: el interés por conocer los procesos, la convivencia entre tradición e innovación, la visibilidad del artesano y, sobre todo, qué hace falta para que los oficios que hoy admiramos tengan futuro.
La cuarta edición de Homo Faber, celebrada del 1 al 30 de septiembre en la Fondazione Giorgio Cini de Venecia y bajo la dirección artística de Es Devlin, llevó por título An Island of Light. La relación entre la luz, los materiales y la mano humana articuló una edición que no se limitó a mostrar objetos terminados, sino que quiso acercar también al público los procesos y a las personas que los hacen posibles.
Y esto último nos interesa especialmente.
No basta con ver el objeto
Una de las propuestas de Homo Faber 2026 fue An Atelier Alive: un taller en funcionamiento dentro de la propia exposición. Herramientas, materias primas, piezas en proceso y artesanos trabajando ante el público. Durante la bienal se programaron demostraciones de diferentes oficios y técnicas, convirtiendo el proceso de creación en parte de la experiencia del visitante. La decisión nos parece significativa.
Durante mucho tiempo hemos conocido la artesanía fundamentalmente a través de sus objetos. Una cerámica, un mueble, una pieza textil o una joya llegan hasta nosotros terminados. Todo el conocimiento necesario para hacerlos permanece muchas veces invisible. Y precisamente una de las cosas que intentamos hacer desde Impronta es recorrer el camino contrario. Nos interesa la pieza, pero también quién la ha hecho. Cómo se trabaja ese material. Cuánto tiempo y aprendizaje hay detrás de una técnica. Por qué una determinada decisión solo puede tomarla alguien que conoce profundamente su oficio.
Porque cuando conocemos el proceso cambia nuestra manera de mirar el resultado. Una irregularidad deja de parecernos simplemente una irregularidad. Un acabado que podría pasar inadvertido empieza a hablarnos de una técnica. Y algo que aparentemente resulta sencillo puede revelar años de aprendizaje.
Quizá una de las claves para acercar la artesanía a nuevos públicos no sea solamente enseñar buenos objetos, sino hacer visible el conocimiento que contienen.
Conservar un oficio no significa congelarlo
Homo Faber reunió técnicas con siglos de historia con creadores que continúan trabajando y experimentando con ellas. En su programa de demostraciones encontramos desde marquetería, bordado o pietra dura hasta vidrio, cuero, papel, cerámica o restauración. Y aquí aparece una cuestión sobre la que llevamos tiempo reflexionando en Impronta. A menudo hablamos de tradición e innovación como si fueran fuerzas opuestas: conservar frente a cambiar. Pero un oficio que sigue vivo necesariamente evoluciona.
Cambian quienes lo practican. Cambian las herramientas. Cambian los materiales, los usos y los contextos en los que una pieza puede tener sentido. La transmisión del conocimiento no debería obligar a reproducir eternamente los mismos objetos. Quizá una de las preguntas más interesantes sea precisamente cómo puede evolucionar un oficio sin perder el conocimiento que lo hace posible. Porque preservar un oficio no debería significar congelarlo.
Del objeto a quien lo hace
Hay otra decisión de Homo Faber que nos interesa especialmente: colocar al artesano delante del público. En An Atelier Alive los visitantes podían observar a los artesanos trabajar, preguntarles y conocer las distintas fases de elaboración. La propia organización invitaba expresamente al visitante a verlos trabajar, descubrir sus técnicas y conversar con ellos sobre sus oficios. Este desplazamiento del objeto hacia quien lo hace está muy cerca de la manera en que entendemos la artesanía en Impronta.
Queremos conocer los nombres detrás de las piezas. Sus trayectorias, sus talleres, las técnicas que dominan y también las decisiones que toman. Pero aquí conviene introducir un matiz importante. Visibilidad no significa necesariamente reconocimiento.
Que la artesanía aparezca cada vez más en exposiciones internacionales, hoteles, revistas, proyectos de interiorismo o marcas de lujo no implica automáticamente que quienes ejercen los oficios tengan mejores condiciones profesionales.
Esta relación entre artesanía, visibilidad y lujo es precisamente una de las cuestiones que hemos abordado recientemente en “¿Por qué precisamente ahora el lujo busca aquello que la artesanía siempre ha tenido?”.
Y este es un punto en el que creemos que merece la pena ser exigentes. Porque podemos enamorarnos de una estética artesanal sin comprender realmente el valor del trabajo que la hace posible. Podemos admirar una pieza y, al mismo tiempo, considerar excesivo su precio. Podemos celebrar que determinados oficios vuelvan a despertar interés sin preguntarnos si existe una nueva generación que pueda permitirse aprenderlos y vivir de ellos. Por eso la pregunta no es solo si hoy vemos más artesanía. Es también:
¿Estamos aprendiendo realmente a valorar el oficio o simplemente nos sentimos atraídos por su estética?
La visibilidad no es suficiente
Quizá por eso nos ha interesado especialmente que esta edición de Homo Faber no terminara en las salas de exposición. Del 16 al 18 de septiembre se celebró el primer Homo Faber Summit. Durante tres días se abordaron cuestiones como la relación entre artesanía y economía creativa, la economía de la experiencia, la colaboración y la inversión en el patrimonio del futuro.
Una de las sesiones, Investing in our Future Heritage, planteó específicamente cómo sostener la creación vinculada a la tradición y al territorio frente a las presiones de los mercados globales y la producción en masa. Y aquí Homo Faber toca una cuestión que para nosotras es fundamental. En Impronta siempre hemos pensado que poner en valor la artesanía no puede consistir únicamente en admirarla.
Hace falta que haya personas que quieran aprender los oficios, pero también que puedan vivir de ellos. Que encuentren clientes. Que sepan defender el valor y el precio de su trabajo. Que puedan acceder a nuevos mercados. Que exista transmisión del conocimiento y oportunidades de colaboración con diseñadores, arquitectos, interioristas, empresas e instituciones. Si no ocurre todo eso, podemos conservar las piezas y perder los oficios.
Por eso nos parece especialmente interesante que una cita dedicada a celebrar la excelencia artesanal haya abierto también una conversación sobre su dimensión económica y profesional.
La visibilidad es necesaria. Pero no es suficiente. Y quizá esa sea la reflexión con la que nos quedamos después de esta edición de Homo Faber. No cuál ha sido la pieza más espectacular. Ni qué técnica nos habría gustado descubrir en Venecia.
Sino algo bastante menos vistoso y probablemente más importante:
¿Qué condiciones tenemos que construir para que los oficios que hoy admiramos sigan existiendo dentro de veinte, treinta o cincuenta años?
Imagen: por cortesía de Eva Lozano
Desde Impronta queremos contribuir a eso: a que conozcamos mejor la artesanía, a que entendamos el conocimiento que existe detrás de una pieza y a que quienes poseen ese conocimiento encuentren también oportunidades para desarrollarlo y transmitirlo.
Porque el futuro de la artesanía no depende únicamente de conservar objetos.
Depende de que siga habiendo personas capaces de hacerlos.
Paola Grant Scarampi
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